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“Garibaldi y su tiempo. La vigencia de su legado histórico”

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04  "Garibaldi y su tiempo. La vigencia de su legado histórico" 04Expositor: Prof. Gustavo Dalmazzo.
Docente de Historia Contemporánea de la Universidad de Bs.As.

Quisiera empezar esta disertación agradeciendo a mis estimados anfitriones por partida doble. En primer lugar por la satisfacción que me brindan al permitirme compartir esta velada con Uds., en esta entrañable ciudad de Montevideo, que visito cada vez que puedo, desde mis lejanos dieciséis años; y, en segundo lugar, porque me han generado en estos días la necesidad de pensar y repensar la figura de nuestro homenajeado italiano y por qué no, también rioplatense, el revolucionario y patriota Giuseppe Garibaldi.

Como Uds. saben, todo conferencista trata en su exposición de llegar a cierta originalidad en el tratamiento del tema. Actividad ardua por cierto, pero más compleja aún cuando el personaje en cuestión fue tratado ya por relevantes figuras, y cuando se han escrito sobre él cientos y cientos de páginas. Me pregunté especialmente acerca de la importancia histórica de Garibaldi teniendo en cuenta este nuevo siglo que transitamos. En fin, siguiendo aquella certera sentencia de otro destacado italiano que fue Benedetto Croce, quien dijo que “toda historia es historia contemporánea”, veremos qué rescatamos de un tiempo, de un proceso y de un hombre que bastante lejos están, o tal vez no tanto, de nuestra cotidiana posmodernidad.

Observemos tres instancias de la vida de Garibaldi. La primera de éstas tiene que ver con el joven Garibaldi, su temerario carácter y su temprana fe en la Libertad. Nacido en 1807, en Niza, hoy una esplendorosa ciudad de la ribera francesa, e hijo de un pescador de origen genovés que lo vinculó desde siempre al mar, tuvo su primer desafío cuando, con apenas con quince años, se enroló para trabajar en diversas embarcaciones. Una de ellas lo llevó, en 1827, a navegar las aguas del Mar Negro, en aquel tiempo bajo la soberanía otomana, pero disputadas por los zares rusos. Aún no había acontecido la guerra de Crimea, en la cual los verdaderos triunfadores de esta sangrienta contienda, es decir los británicos y los franceses, consiguieron imponer a estas aguas el status de libres y así poder ser navegadas por todas las embarcaciones que quisieran, sin distinción de bandera.

En esta aventura, la suerte convirtió a Garibaldi en prisionero de los turcos, pero también en prófugo de éstos al lograr escaparse del poder de sus captores y retornar así a casa. Sin embargo, arribar a tierra europea no fue el inicio de un tiempo de tranquilidad, sino que por el contrario, en 1833, el marino se vinculó a la sociedad Joven Italia, fundada, dos años antes, por el ex militante carbonario y político republicano, Giuseppe Mazzini.

Garibaldi conoció a Mazzini en Marsella, en donde éste estaba organizando un nuevo levantamiento para independizar y unir a Italia, con la colaboración de republicanos franceses y piamonteses. En enero de 1834 estalló la revolución, pero desinteligencias internas y la superioridad del poder monárquico, hicieron que ésta fracasara y se sintiera la represión en cientos de fusilados y presos. Se había frustrado un intento de terminar con la prepotencia realista, para liberar a los italianos y construir una república en donde se pudiera desarrollar la libertad. Si nos detenemos aquí un instante, veremos que estamos ante la trilogía fundamental de los valores garibaldinos: Libertad, Nación y República.

Tras la derrota de Napoleón Bonaparte las potencias absolutistas integrantes de la Santa Alianza impusieron nuevamente en la península itálica la partición en manos de los Habsburgo, los Borbones y los pontífices, dejando apenas un débil estado monárquico relativamente independiente en la Saboya y el Piamonte. En éste se desarrolló un movimiento nacionalista de raíces más bien culturales, retórico e influenciado por el romanticismo literario, que sin embargo fue virando paulatinamente hacia formas más políticas.

Los Saboya encontraron en estos sentimientos nacionalistas, especialmente en la propuesta “neoguelfa” del sacerdote Vincenzo Gioberti, que soñaba con una confederación de estados italianos conducidos por el Papa, una base interesante para sus inquietudes más profanas, haciendo por supuesto caso omiso a que el heredero del trono de San Pedro, estaba algo más que alejado de cualquier idea de modernidad, y que le había dado la espalda a todos y a cada uno de los movimientos de liberación, cualquiera fuera su intensidad.

¿Pero a qué nos referimos cuando mencionamos una trilogía garibaldina? En primer lugar a la Libertad, el ideal más puro y cabal que parió el siglo XVIII. El ser humano nace libre e igual a sus semejantes y pasa a apropiarse de la potestad de su demiurgo al transformarse en una criatura, a su manera, creadora. Y así junto a sus semejantes más afines integran una Nación, la que sólo puede tomar forma dentro de una República, el único sistema jurídico y político que frena y separa el poder, para que pueda materializarse la idea de la Libertad.

Estamos, mis estimados amigos, en un tiempo en que el ideal liberal se encontraba íntimamente ligado al sentimiento nacionalista, y ambos atravesaban el siglo XIX mutando en nuevas y asombrosas formas políticas que hicieron eclosión en el XX. Pero continuando con la idea anterior, convengamos que un o de los pilares de los revolucionarios liberales de la primera mitad del XIX, fue el apoyar la causa de la Libertad para los hombres y la prolongación de ésta, que es la Libertad para los pueblos. Así estuvieron junto a la causa de los griegos contra los otomanos, en la década del veinte; junto a los belgas y a los derrotados polacos en los treinta, y a los sudamericanos frente a los Borbones y las dictaduras vernáculas.

Garibaldi partió entonces rumbo a un largo exilio, que lo condujo otra vez por el Mar Negro y más tarde por la costa de Tunicia, para recalar finalmente en Sudamérica, en Río Grande del Sur. Aquí el segundo momento que nos interesa de la vida del guerrero.

Al arribar al Brasil Garibaldi participó activamente en la Revolución Farrouphila Republicana de Río Grande del Sur, como jefe de la incipiente escuadra riograndense. El movimiento liberal contrario al emperador Pedro I se manifestó tratando de imponer la forma republicana de gobierno y un federalismo que terminó, muchas veces, en la secesión. Por ende, para los riograndenses la concreción de la Libertad estuvo puesta en construir un estado republicano desvinculado del centralismo carioca.

Sin embargo la República Riograndense liderada por Bento Gonçalves da Silva no fue mucho más allá de un movimiento popular que dejó inconcluso su objetivo, al ser incapaz de dar forma a una sólida organización estatal. La incapacidad del movimiento riograndense no fue un impedimento para que Garibaldi participara activamente en él hasta que, en 1841, presintiendo la futura derrota que señalaba los triunfos de los imperiales y las muertes y deserciones de los republicanos, partió hacia el Uruguay en busca de algo de paz.

En aquel tiempo el país estaba desangrándose a causa de la Guerra Grande surgida por el enfrentamiento entre el general Fructuoso Rivera y el general Manuel Oribe. Ambos jefes políticos respondieron a los diversos sectores e intereses en pugna en el conflicto regional. Rivera recibió el apoyo del Brasil, de las flotas francesa e inglesa, de los unitarios porteños y de los republicanos liberales de Río Grande del Sur, entre los cuales se encontró Garibaldi. Oribe, por su parte, fue apoyado por el gobierno de Buenos Aires al mando de Juan Manuel de Rosas. Así las cosas, Rivera logró hacerse de Montevideo y Oribe del resto del territorio organizando ambos jefes dos gobiernos que dividieron al país.

La actividad como corredor de comercio y profesor de matemática que nuestro ilustre italiano desempeñó al llegar a Montevideo, poco duraron. Rivera designó a Garibaldi al mando de la corbeta Constitución, integrante de la flota de la Defensa. Así volvió al campo de batalla dando notables muestras de audacia y coraje al enfrentarse en diversas oportunidades a las fuerzas navales porteñas del almirante Guillermo Brown.

Finalmente, en 1843, Oribe logró sitiar la ciudad y la mantuvo cercada hasta 1851. Garibaldi organizó entonces una unidad militar, la Legión Italiana, para la heroica defensa de la ciudadela. A pesar de su compromiso con las causas liberales y republicanas de la región del Plata, no se olvidó de la lucha inconclusa de su pueblo. Al estallar una nueva revolución en Italia, partió hacia allá con parte de la legión.

1848 fue para el continente europeo el final del proceso abierto en 1789. La burguesía se impuso como clase dominante y se horrorizó de su compañera de ruta, la clase obrera, a la que a partir de entonces le dirigió la mira de sus fusiles. Acurrucada en la estabilidad económica que generó el desarrollo vertiginoso de la Revolución Industrial, consideró más apropiado adaptar los modos de la antigua nobleza que profundizar la democratización política y social. La brecha se abrió para siempre.

En esta “primavera de los pueblos”, como la llamara el historiador británico Eric Hobsbawm, que pronto vio llegar el invierno de la mano de Luis Napoleón, el emperador de Austria y otros tantos que moderaron su marcha a medida que “las camisas rojas” avanzaban, sucede la tercera instancia de la vida de Garibaldi en que nos detendremos.

Mazzini proclamó la República Romana, pero nuevas desinteligencias internas y el embate del ejército francés que acudió en socorro de Pío IX, el monarca depuesto, efectivizaron la pronta caída de la fugaz república. Garibaldi comandó con inigualable firmeza la defensa de la ciudad sitiada, pero nada pudo hacer. Finalmente abandonó Roma y marchó a Venecia, el último valuarte republicano que resistió hasta agosto. Meses más tarde inició un nuevo exilio que lo llevó a Estados Unidos y después a Inglaterra. En Italia dejó atrás a antiguos compañeros de ruta. Muchos habían elegido reconocer a los Saboya como cabeza de una monarquía constitucional para los italianos.

En 1854 Garibaldi regresó a Italia para incorporarse, aunque manteniendo sus principios, a la lucha emancipadora. En 1859 acató la orden del conde Cavour de no avanzar sobre Roma. Al año siguiente se opuso a la sesión de Niza a Francia, pero la realpolitik de los Saboya y de su primer ministro se impuso al ideal garibaldino. De todas formas, nuestro patriota aceptó el peso de los acontecimientos y terminó reconociendo a la monarquía a cambio de la unidad italiana.

En 1866 estuvo otra vez al frente de un grupo de voluntarios luchando contra las armas austríacas, durante la tercera guerra por la independencia, dándole una victoria a las fuerzas italianas. En 1870 peleó al lado de Francia contra los prusianos. Regresó a Italia y se manifestó a favor de los republicanos parisinos y sostuvo los ideales socialistas de la Comuna de París. Permaneció en la creencia de que la obra del liberalismo culminaba en la construcción del socialismo. El viejo guerrero de la Libertad murió el 2 de junio de 1882.

¿Qué nos dejó entonces Garibaldi?. En primer lugar una conducta que valora los principios y que vive acorde a ellos, pero que sin embargo, no deja de considerar que a veces para obtener logros superiores hay que consensuar voluntades divergentes..

En segundo lugar, Garibaldi pertenece a una particular tradición piamontesa que ha llegado a esta orilla del río y que es la de un liberalismo de izquierda que rescata 1789 y 1848; que tiene principios inamovibles pero no por ello es dogmático. Un liberalismo que, lejos de endiosar al mercado como espacio de resolución del conflicto social y que ante el retroceso aparente de las estructuras estatales, sigue apostando a la Nación y a la fraternidad entre los pueblos, únicas garantías de la auténtica libertad

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