XV Gran Asamblea del GOFMU – Anexo III

INFORME DE SINTESIS DEL TEMA SOCIAL

Aprobado en la Sesión Plenaria del 15 de diciembre de 2012

“Deberes y Derechos como sustento de la estructura social”

 

Los derechos y deberes preexisten o son concomitantes a la estructura social, dependiendo de la sociedad de la cual se trate. En efecto, el hecho de vivir en sociedad supone necesariamente, responsabilidades y derechos inherentes a sus miembros. Estos son elementales como medio de lograr una sociedad más solidaria y en definitiva el bienestar general. Para ello es necesario que los individuos cuenten con la conciencia de no abusar de sus derechos, respetando los ajenos, pues este es el límite.

El concepto de Deber ocupa uno de los lugares centrales de nuestro lenguaje moral, nos referimos con él a los mandatos y a las obligaciones, mediante los cuales modificamos nuestra conducta y en general al conjunto de exigencias que conforman nuestra praxis cotidiana.

Los derechos y los deberes fundamentales están contemplados en la Constitución de la República. El ser humano, desde que nace, y como miembro de una sociedad, ya nace con derechos naturales heredados de sus padres, y esos derechos irán aumentando de acuerdo a la edad y legislación del país. Cualquier derecho reconocido a una persona, implica el deber de ser satisfecho por otra. Derechos y deberes establecen relaciones mutuas de responsabilidad. El artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, justo antes de hablar de derechos, proclama que los seres humanos “deben comportarse fraternalmente los unos con los otros“.

De lo expresado surge manifiesto que toda sociedad y los individuos que la conforman, para vivir en armonía de grupo necesita una estructura mínimamente aceptada, lo que da ámbito a lo denominado “conciencia colectiva“. Pero hemos comprobado y sentimos la sensación de que esta “conciencia colectiva” es por demás cambiante demostrando con ello su alta permeabilidad respecto al contenido de valores, costumbres e identidades.

Si no logramos que la ciudadanía tome conciencia que derechos y obligaciones  van siempre unidas, el sistema no funciona y comienza la decadencia; para lograr esto, el camino es largo y tiene un principio en la Educación en valores que se desarrolla en el ámbito familiar.

Ningún edificio se puede levantar si los cimientos no son sólidos, caso contrario se desploma y esto mismo sucede con los principios que deben ser  inculcados desde la primera infancia.

Quizá lo que debemos es recuperar el sentido de la vida en familia, los afectos que nos estamos olvidando de valorar, ser conscientes de nuestro lugar en la estructura de LA FAMILIA, para luego darnos un lugar EN LA SOCIEDAD.

La educación en valores debe ser pensada como la transmisión de un conjunto de conductas y practicas cuyo ejercicio no solo se fundamenta en el reconocimiento formal de los derechos y deberes que la constituyen, sino hacer de ellos una realidad sustantiva de la vida cotidiana, conscientes de que deberes y derechos son indisociables y que ambos facilitan la convivencia solidaria y armónica.

Es necesario, como obreros que somos, abandonar nuestra vida de comodidad y pasar a la acción ciudadana, ya que mientras la primera carece de una finalidad, la segunda la tiene y posee también una carga conceptual y sustento sólido. Necesitamos retomar una ética de los valores. Los masones somos constructores por naturaleza, constructores de ese «edificio social» al que debemos sustentar con nuestros valores masónicos, combatiendo la discriminación negativa y la falta de libertades.

Es en este contexto, en particular, que debemos promover el valor de la responsabilidad en todos los diversos quehaceres sociales. Cada ciudadano o ciudadana debe tomar – por un lado – conciencia lúcida de la cuota parte que le corresponde en su interrelación con la comunidad; pero asimismo debe evitar transferir la misma hacia los otros, descomprometiéndose de sus obligaciones.

Esto implica una actitud de verdadera resistencia al clima cultural tan presente como pesante socialmente, que lleva a la infantilización de relaciones sociales que deberían estar caracterizadas por la madurez y la adultez, generando dependencias, paternalismos y populismos.  Este clima cultural estimula no solo la falta de responsabilidad hacia uno mismo, sino también hacia los demás, incluyendo el compromiso y los deberes que tenemos con las generaciones futuras. En este rango se sitúa, a modo de ejemplo, variadas políticas de marketing, incluidas las efectuadas por el mismo Estado, donde se estimula el gasto y el consumo por encima de las posibilidades reales y tangibles, que dirigidas a espíritus débiles, infantilizados y alienados por la publicidad,  y las ansias desmesuradas de consumo inducidas por las mismas, en detrimento de los valores del ahorro.

Se cree en ilusiones tales como “comprar sin dinero“, y “pagar en cuotas sin recargos“, o “hacerse el gusto“, etc. siendo blanco fácil de las ilimitadas ofertas de préstamos para el consumo. O haciendo creer – como cierta publicidad pública reciente lo difundía –  que la solidaridad social pasa a través del juego, estimulando estas prácticas como manera de ayudar a hospitales y otras obras sociales. Obviamente, estamos frente a claras políticas tendientes al empobrecimiento moral de las gentes.

El uso de todas las herramientas a nuestro alcance para la transmisión de los derechos y obligaciones, a través de los valores masónicos, constituye una misión que el masón ha de trasladar producto de su propia superación personal.  Si esto se cumple en el Taller y en la Obediencia, como debería ser la norma, más fácil le resultará a cada uno de sus miembros, integrarlo y transmitirlo.

 

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